Un diagnóstico clínico correcto constituye la piedra angular para poder llevar a cabo un tratamiento eficaz.

En casi todas las especialidades médicas, el diagnóstico se fundamenta en pruebas objetivas (las radiografías en traumatología, las biopsias en oncología,…). Desafortunadamente, a pesar de los avances en investigación, el cerebro todavía sigue siendo en muchos aspectos, un “misterio”, sin que hayamos logrado desarrollar pruebas definitivas que permitan diagnosticar los diferentes trastornos psíquicos.

El diagnóstico se basará por tanto en el relato que el propio paciente exponga de sus síntomas y en la observación de su conducta. Cuando se trata de niños y adolescentes, la situación se complica pues muchas veces, no saben como poder expresar sus pensamientos y sentimientos (sobre todo los más pequeños). De hecho con frecuencia los niños manifiestan su malestar con un cambio “ a peor” en su comportamiento.

Además hay que tener también en cuenta que los signos de una enfermedad mental en los niños y adolescentes, pueden ser muy diferentes de los que se presentan en los adultos.

De todo lo expuesto, se entiende que los profesionales de salud mental, nos apoyemos en la familia y otros adultos significativos en la vida del niño (profesores, entrenadores deportivos, pediatras,…) como fuentes alternativas de información, que nos ayuden a comprender mejor sus dificultades. Esto puede llevarse a cabo a través de entrevistas y también mediante la aplicación de cuestionarios (por supuesto contando con la autorización previa de los padres/tutores).

Una vez recopilada la información pertinente, el diagnóstico clínico se basará en la rigurosa aplicación de criterios aceptados y compartidos por la comunidad científica. Estos criterios se recogen en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) y/o en Sistemas de Clasificación internacional de las enfermedades y Trastornos relacionados con la Salud (CIE-10), esta última publicada por la OMS (Organización Mundial de la Salud).